Después de la visita de los cementerios y cañones fuimos a dormir al pueblecito de Honfleur. El paseo por el puerto fue agradable por varios motivos. El primero de ellos es que pudimos cenar a las 22.30, cosa extraña en un país donde no perdonan la comida a las 12.30 y la cena a las 18.30. El segundo motivo es la cantidad de galerías de arte que hay junto a las plazas y al puerto. La iglesia de Santa Caterina es muy curiosa de ver porque todo el interior es de madera, como si fuese un granero, y el campanario exento del edificio. Una de las cosas por las que es conocido el pueblo es por el “Puente de Normandía” que lo une con Le Havre (ciudad industrial con aeropuerto). En arte es importante porque es donde se creo la escuela impresionista de Honfleur.

Después de probar un café laxante por el módico precio de 4€ nos fuimos directos a pasar unos turísticos días en París.
De París no tengo mucho que contar.
Los edificios turísticos imposibles de aguantar por la cantidad de visitantes y por el bochorno que hizo esos días. En el Louvre los del SAMUR tuvieron que atender a una señora que estaba tumbada en el suelo junto a la Gioconda, me imagino que fue por la emoción del momento. El barrio latino lleno de chiringuitos que no difieren mucho de los que te encuentras por Salou o Benidorm.
En la zona de Saint-Germain estuvimos tomando unas cervezas en unas agradables terrezas junto al Café de París, dicen, era el lugar predilecto de intelectuales como Sartre. Las cañas las pagabas a 6€.


Junto al hotel teníamos unas terrazas controladas por unos porteros que decidían quién se podía sentar junto a los árabes que las frecuentaban. En la acera aparcados Ferraris, Rolls Roys e incluso un Bugatti de 1,65 millones de euros.
El bulevar donde se encontraba el Molino Rojo era el centro de ocio para adultos de la ciudad, en las esquinas las trabajadoras del sexo te daban tarjetas para visitar sus locales. Nunca he visto tantos sexshop y peepshow juntos en mi vida.
El mejor invento de la ciudad es la cantidad de tumbonas metálicas que hay en todos los parques.


Si el tiempo acompaña es una buena manera de hacer un descanso. Advertencia, lo mejor es llevar una botellita de vino o champán con unas copitas y disfrutar en medio de la ciudad. El alcohol está prohibido en los parques pero si lo llevas en una bolsa tapada no pasa nada, me imagino que lo harán para que no se les metan a hacer vida los indigentes del “Don Simón”.
Por fin pudimos tomar un café decente en Francia, en el Starbucks.
El edificio central de las Galerías Lafayette es una buena visita tanto para comprar como para comer. Tiene una cúpula central en las que las plantas se asemejan a los palcos de los teatros.

En el mirador del tejado se observan unas buenas vistas de la ciudad y si tienes sitio en el restaurante puedes comer viendo las buhardillas parisinas.
En el sótano, al igual que en “L’illa” de Barcelona, se encuentra la zona gourmet en la que puedes comer de italiano, japonés o tradicional francés.
En la city de negocios disfruté viendo el “Arco de la Defensa”, un edificio cúbico sin nada en el centro.
En las pastelerías abundaban los macarons (pastitas de almendra que ya pondré en una próxima receta).
Ahora que ya estoy en casa y que voy a empezar a trabajar puedo descansar en paz.
That’s all folks...