Llegamos a mediodía a la placita San Vicente de la Sonsierra. Nos acercamos al puesto de turismo y tras pedir información del lugar nos despedimos de la chica.
_ ¡Perdonad!
_ ¿Si?
_ ¿Me podríais decir de donde venís?
_ De la capital
(Nos hemos puesto un poco rojos.)
_ Aprovechad que en el próximo pueblo se celebran las jornadas medievales. Añade la chica amablemente pensando para sus adentros que, ¡vaya riojanos!.
Después de ver el pueblo nos fuimos a ver la ermita románica mejor conservada de La Rioja. Se llama Santa María de La Piscina. Una pequeña iglesia con sus canecillos adornados, escudo sobre el portón y pequeños vanos a modo de ventanas. El nombre de la piscina viene de una necrópolis excavada en una zona rocosa próxima al edificio.
Como el aire campestre nos había abierto el apetito era el momento de buscar viandas en el poblado medieval. Aunque había un espectáculo de bailarinas orientales con el ombligo al aire, mi nariz me guiaba a las cazuelitas de picadillo, pinchos de morcilla, fiollas, etc.
Me peleé con arqueros, inquisidores y arrieros hasta alcanzar los tablones donde reposaban las jarras de vino y conseguí el preciado tesoro medieval.
Tratamos de descubrir los aromas a fruta, a regaliz, a chuches, a café, etc. Todos esos olores al ser imaginados han tenido que ser catados mil veces para adivinarlos correctamente. Había gente que decía que uno de ellos tenía aroma a anchoas. Lo que os digo unos vinos nada del otro mundo.
En la próxima espero comprar alguna botella.